Decíamos en el Capítulo 1 que quizá haga falta buscar soluciones que se dirijan a lo estructural, en el sentido de encontrar y corregir en su origen lo que está produciendo esta forma tan mezquina de vivir "en democracia, en una república".
Esto significa, en otras palabras, que las deficiencias pueden no ser técnicas, ni siquiera políticas. Lo que la república tiene es una falencia moral que corroe, en su base, las decisiones políticas o técnicas. Veamos lo que nos ocurre con dos aspectos fundamentales: el tiempo y las compatibilidades del poder.
El tiempo es componente sine qua non del poder, cualquier plazo es molesto y si puede eliminarse, mejor. El periodo presidencial se redujo de seis a cuatro años con reelección; entonces, nadie quiere irse antes de los ocho años. Pero, no es suficiente; a nivel nacional no han faltado intentos de mayor permanencia, y hay provincias donde la reelección de funcionarios puede hacerse indefinidamente, ¡de por vida! Todo lo que hace falta para legalizar tal aberración es contar con un Legislativo subordinado.
Recordemos que no se trata sólo de la continuidad del presidente o del gobernador, sino de los miles de personas que conllevan sus poderes, familiares inclusive. Cada uno de ellos arma su propia "quinta", grande o pequeña, donde hace y deshace con la soberbia de quien se siente intocable en años de permanencia. Cuatro años es bastante en la conducción del Estado y en el manejo de sus dineros; ocho años ya es demasiado, tiempo más que suficiente para borrar huellas de transgresiones y hasta para exhibirlas con impune descaro.
Nuestra experiencia dice que a nadie se le puede pedir, exigir o creer que será un buen funcionario, en el nivel que sea, del partido que fuere, con los antecedentes que exhiba y menos con las promesas que haga. La solución está en eliminar la reelección inmediata, manteniendo los cuatro años de ejercicio.
Si al cabo de su periodo resultó malo, no se lo soporta más de cuatro años Si fue bueno, nada impide que lo suceda otro mejor. Pero hay un beneficio democrático adicional y de la mayor importancia: más personas participan en el gobierno; más ciudadanos, en cualquier función, ejercen la conducción de los intereses de la nación y, concluidos sus mandatos, tienen experiencia cierta para juzgar sobre lo bueno y lo malo en los comportamientos oficiales. Se esparce el conocimiento de la función pública, es decir, se destruyen los tabúes, los sabelotodo y las decisiones arbitrarias que son la esencia y las herramientas de las "quintas".
Claro está, no es suficiente; siendo testigos de tantas trampas continuistas. Será necesario establecer: a) que en la reelección inmediata no puede participar ningún familiar de primer y segundo grado, y b) que el criterio se aplica, en todo el país, a toda función pública electa y a todos los cargos nombrados por o derivados de ella (los llamados "cargos políticos", por ejemplo, un intendente nombra secretarios, directores, etc.).
Y aún falta algo más: que esta forma de reelección sea extensiva y obligatoria dentro de la organización de los partidos políticos. Es la única manera de velar por su renovación y actualización constantes, de cara a las necesidades de la nación, porque, es precisamente dentro de ellos, donde se cultivan y desarrollan los personalismos, nepotismos, verticalismos y "quintas" expresadas en "trenzas" y "punteros", por ejemplo.
"Compatibilidades del poder" se refiere a la difundida convivencia, en las mismas personas, de funciones partidarias (cargos dentro de un partido político) y de funciones públicas. Esto tiende no sólo a concentraciones personales de poder sino, consecuentemente, a la desnaturalización funcional de los partidos políticos (en una ciudad, por ejemplo, el intendente es, también, el jefe de su partido en ella, un concejal sigue ejerciendo su cargo partidario, etc., y así, lo vemos en niveles provinciales y nacionales).
El partido político es (o debería ser) el generador y depositario de sus principios, ideas y programas de gobierno. Se trata de una identidad de pensamiento y acción que la estructura del partido debe mantener independientemente de si gana o pierde una elección, si realizan o no funciones de gobierno. Cuando las mismas personas ejercen cargos públicos y mantienen sus cargos partidarios, lo que consiguen, en los hechos (y lo vemos a diario), es subordinar al partido; el partido deja de existir como respaldo y contralor de sus acciones, no tienen ningún inconveniente de decidir por sí y sólo por sí; no serán ellos mismos quienes se priven de comportamientos arbitrarios y ajenos a lo que creyeron los electores. Es así que resultan haciendo, desfachatadamente, aún todo lo contrario de lo que ellos mismos pregonaron. Es así como los partidos políticos se esfuman y sólo reaparecen con estruendo como "aparatos", como máquinas electorales.
Corresponde restituir en todos los partidos políticos la incompatibilidad entre cargos partidarios y cargos públicos. Ya existió, por lo menos en aquellos partidos que surgieron con efectiva vocación democrática, pero fue anulada en pos de ese desmedido afán hacia el poder absoluto. No es nada complicado: la persona designada en función pública renuncia a su cargo partidario y éste se cubre de inmediato (no queda vacante, sería una trampa más).
La incompatibilidad, además de generar también la participación de mayor cantidad de militantes en la conducción interna de un partido, deja al descubierto e impide el reiterado vicio de los funcionarios de actuar personalmente y solventar con dineros públicos sus campañas proselitistas, propias y partidarias. La incompatibilidad significa que tales campañas son exclusivas de los partidos políticos y vedadas para los funcionarios, que han sido designados para gobernar y no para tomar ventaja de sus cargos y de los erarios que manejan.
Son así, dos fallas fundamentales de índole moral, que sostienen los vicios del poder y del poder absoluto. Hay otras, pero éstas están allí, en la raíz misma de los malos comportamientos de todo tipo.
Jorge B. Hoyos Ty.
Julio de 2006
Sunday, July 09, 2006
Wednesday, June 07, 2006
Cap. 1, Panorama - Democracia bastardeada
Desde hace más de dos mil quinientos años, el ejercicio de la democracia debería haberse perfeccionado. Por el contrario, han tenido un desarrollo sobresaliente las trampas, los grises, los atajos, las vergonzantes diferencias sociales, las flagrantes injusticias.
Los procesos eleccionarios son notables ejercicios repetidos de promesas e incumplimientos; de lo que se trata es de ganar, después no importa si hasta se hace todo lo contrario. Con todo descaro, se ponen en juego clientelismos, alianzas inverosímiles, despilfarros publicitarios, uso del erario, muertos que votan, una suerte de "todo vale" con el fácil justificativo de "ellos lo hacen, tenemos que hacerlo nosotros", no importa si se ha pregonado querer hacer "una nueva política". Por si fuera poco, ni bien terminados los comicios, aparecen los que se pasan al partido ganador en volteretas increíbles que defraudan a quienes los votaron o, con igual efecto, cuando el Ejecutivo traslada y convierte en sus funcionarios a legisladores electos.
Algo tan fundamental como la independencia de poderes, está pulverizada. El Poder Ejecutivo impone decisiones a los representantes de su partido en el Poder Legislativo y a todo él si cuenta con mayoría. Al Poder Judicial no hay Ejecutivo que tenga algo o mucho que cambiarle para no tenerlo en contra o, mejor, directamente a favor. Montesquieu (1689 – 1755) afirmaba que si se permite que dos o tres poderes se unan bajo las mismas manos desaparece la libertad. Hace 300 años que lo dijo (por acá estábamos en plena colonia) pero es lo que nos viene ocurriendo. Es el poder por el poder mismo; no se concibe el gobierno sino a través del poder absoluto. Se ha dicho, también, que "el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente" y así es, somos testigos, lo venimos sufriendo por generaciones.
En juego perverso, los partidos políticos parecen quedar al margen, porque electo Pedro del partido A, su gestión se transforma en "pedrismo" y aparecen los "pedristas" por todos lados, cual partido ad hoc. Entonces, aunque lo actuado por el "pedrismo" haya sido un reverendo desastre, en las elecciones siguientes el partido A vuelve a presentarse, sin pudor alguno, con otro candidato, que aún despotrica contra Pedro, porque la responsabilidad exclusiva es del "pedrismo", ¡el partido A se presenta libre de culpa y cargo!
Mientras tanto, el país que hay que construir, la nación que hay que gobernar quedan de lado o, en el mejor de los casos, en un segundo plano, porque los esfuerzos cotidianos están consumidos en ese ejercicio excluyente del poder (poder económico, claro, manejo de las arcas del Estado), que es imperativo asegurar y perpetuar, porque al día siguiente de ganar ya hay que ocuparse de la reelección, si no de sí mismo de un familiar (el partido –con los centenares de miles de personas para ocupar cargos públicos en todo el país- acompaña al líder, mejor si es, también, su jefe formal). Basta con mirar las familias apropiadas de provincias, donde se rotan los hermanos, esposas y parientes en gobernaciones, ministerios, senadurías, etc. En escala más general, venimos asistiendo a la consolidación de una "élite política" que se auto sostiene y se aferra a manera de clase monárquica que, con descaro, disfruta de los dineros del Estado, para asignarse sueldos a sí mismos, viajar por todo el mundo con mil pretextos o incrementar velozmente sus patrimonios, por ejemplo.
La consecuencia, dicho demasiado suavemente, es una "ausencia del Estado", que colapsa en pequeñas o grandes dosis, por imprevisión, por negligencia, en cualquier ámbito, donde desgracias o graves inconvenientes ponen al descubierto falencias consuetudinarias, trátese de un puente que se rompe y niños de una escuela se matan, de asaltos y secuestros, de inundaciones, de transportes que dejan de funcionar e inmovilizan brutalmente a centenares o miles de pasajeros; de hospitales y escuelas en estado calamitoso, de universidades sin recursos; de faltas de electricidad en verano o de gas en invierno, etc. No es preciso enumerar lo que todos conocemos por los medios de comunicación y por nuestras propias experiencias, a pesar de lo bien que estamos según las versiones oficiales, incluyendo grandes discursos y propagandas que tratan de presentar parches como grandes remedios o de explicar lo inexplicable, no exentos de subterfugios como "son asignaturas pendientes" o "podemos equivocamos, somos humanos".
El país funciona en una suerte de suma de inercia y resignación o rabia. Inercia benévola del cotidiano buen trabajo de mucha gente, resignación o rabia por un país donde crecen la desigualdad y la exclusión aún si aumentan los índices económicos. Lo que quiere decir: muy mal gobernado y administrado para la mayoría de la población pero, muy bien gobernado y administrado para una reducida minoría que usufructúa la riqueza del país. Así se entiende que sea capaz de producir alimentos para 300 millones de personas (lo que no es ninguna exageración, tanto en cantidad como en variedad) y, sin embargo, con sólo 36 millones de habitantes, tiene gente que padece hambre o revuelve tachos de basura y basurales para alimentarse, dentro de un 40% de población por debajo del nivel de pobreza.
Algo habrá que hacer para preservar la democracia, el sistema republicano, para pertenecer a una sociedad mejor armonizada, donde cada ciudadano de cualquier rincón de país, sea aborigen en el Chaco o poblador de una gran ciudad, viva decentemente y pueda realmente tener "igualdad de oportunidades" para construirse un nivel de vida cada vez mejor.
Un país tiene miles o millones de pequeños a grandes problemas que solucionar, que satisfacer correctamente dentro de sus fronteras. Tomarlos uno por uno, o partes por partes, o tema por tema, parece una tarea de nunca acabar. Quizá haga falta buscar soluciones que se dirijan a lo estructural, en el sentido de encontrar y corregir en su origen lo que está produciendo esta forma tan mezquina de vivir "en democracia, en una república".
Pero de esto trataré de ocuparme en el próximo capítulo.
Jorge B. Hoyos Ty.
Junio de 2006
Los procesos eleccionarios son notables ejercicios repetidos de promesas e incumplimientos; de lo que se trata es de ganar, después no importa si hasta se hace todo lo contrario. Con todo descaro, se ponen en juego clientelismos, alianzas inverosímiles, despilfarros publicitarios, uso del erario, muertos que votan, una suerte de "todo vale" con el fácil justificativo de "ellos lo hacen, tenemos que hacerlo nosotros", no importa si se ha pregonado querer hacer "una nueva política". Por si fuera poco, ni bien terminados los comicios, aparecen los que se pasan al partido ganador en volteretas increíbles que defraudan a quienes los votaron o, con igual efecto, cuando el Ejecutivo traslada y convierte en sus funcionarios a legisladores electos.
Algo tan fundamental como la independencia de poderes, está pulverizada. El Poder Ejecutivo impone decisiones a los representantes de su partido en el Poder Legislativo y a todo él si cuenta con mayoría. Al Poder Judicial no hay Ejecutivo que tenga algo o mucho que cambiarle para no tenerlo en contra o, mejor, directamente a favor. Montesquieu (1689 – 1755) afirmaba que si se permite que dos o tres poderes se unan bajo las mismas manos desaparece la libertad. Hace 300 años que lo dijo (por acá estábamos en plena colonia) pero es lo que nos viene ocurriendo. Es el poder por el poder mismo; no se concibe el gobierno sino a través del poder absoluto. Se ha dicho, también, que "el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente" y así es, somos testigos, lo venimos sufriendo por generaciones.
En juego perverso, los partidos políticos parecen quedar al margen, porque electo Pedro del partido A, su gestión se transforma en "pedrismo" y aparecen los "pedristas" por todos lados, cual partido ad hoc. Entonces, aunque lo actuado por el "pedrismo" haya sido un reverendo desastre, en las elecciones siguientes el partido A vuelve a presentarse, sin pudor alguno, con otro candidato, que aún despotrica contra Pedro, porque la responsabilidad exclusiva es del "pedrismo", ¡el partido A se presenta libre de culpa y cargo!
Mientras tanto, el país que hay que construir, la nación que hay que gobernar quedan de lado o, en el mejor de los casos, en un segundo plano, porque los esfuerzos cotidianos están consumidos en ese ejercicio excluyente del poder (poder económico, claro, manejo de las arcas del Estado), que es imperativo asegurar y perpetuar, porque al día siguiente de ganar ya hay que ocuparse de la reelección, si no de sí mismo de un familiar (el partido –con los centenares de miles de personas para ocupar cargos públicos en todo el país- acompaña al líder, mejor si es, también, su jefe formal). Basta con mirar las familias apropiadas de provincias, donde se rotan los hermanos, esposas y parientes en gobernaciones, ministerios, senadurías, etc. En escala más general, venimos asistiendo a la consolidación de una "élite política" que se auto sostiene y se aferra a manera de clase monárquica que, con descaro, disfruta de los dineros del Estado, para asignarse sueldos a sí mismos, viajar por todo el mundo con mil pretextos o incrementar velozmente sus patrimonios, por ejemplo.
La consecuencia, dicho demasiado suavemente, es una "ausencia del Estado", que colapsa en pequeñas o grandes dosis, por imprevisión, por negligencia, en cualquier ámbito, donde desgracias o graves inconvenientes ponen al descubierto falencias consuetudinarias, trátese de un puente que se rompe y niños de una escuela se matan, de asaltos y secuestros, de inundaciones, de transportes que dejan de funcionar e inmovilizan brutalmente a centenares o miles de pasajeros; de hospitales y escuelas en estado calamitoso, de universidades sin recursos; de faltas de electricidad en verano o de gas en invierno, etc. No es preciso enumerar lo que todos conocemos por los medios de comunicación y por nuestras propias experiencias, a pesar de lo bien que estamos según las versiones oficiales, incluyendo grandes discursos y propagandas que tratan de presentar parches como grandes remedios o de explicar lo inexplicable, no exentos de subterfugios como "son asignaturas pendientes" o "podemos equivocamos, somos humanos".
El país funciona en una suerte de suma de inercia y resignación o rabia. Inercia benévola del cotidiano buen trabajo de mucha gente, resignación o rabia por un país donde crecen la desigualdad y la exclusión aún si aumentan los índices económicos. Lo que quiere decir: muy mal gobernado y administrado para la mayoría de la población pero, muy bien gobernado y administrado para una reducida minoría que usufructúa la riqueza del país. Así se entiende que sea capaz de producir alimentos para 300 millones de personas (lo que no es ninguna exageración, tanto en cantidad como en variedad) y, sin embargo, con sólo 36 millones de habitantes, tiene gente que padece hambre o revuelve tachos de basura y basurales para alimentarse, dentro de un 40% de población por debajo del nivel de pobreza.
Algo habrá que hacer para preservar la democracia, el sistema republicano, para pertenecer a una sociedad mejor armonizada, donde cada ciudadano de cualquier rincón de país, sea aborigen en el Chaco o poblador de una gran ciudad, viva decentemente y pueda realmente tener "igualdad de oportunidades" para construirse un nivel de vida cada vez mejor.
Un país tiene miles o millones de pequeños a grandes problemas que solucionar, que satisfacer correctamente dentro de sus fronteras. Tomarlos uno por uno, o partes por partes, o tema por tema, parece una tarea de nunca acabar. Quizá haga falta buscar soluciones que se dirijan a lo estructural, en el sentido de encontrar y corregir en su origen lo que está produciendo esta forma tan mezquina de vivir "en democracia, en una república".
Pero de esto trataré de ocuparme en el próximo capítulo.
Jorge B. Hoyos Ty.
Junio de 2006
Friday, May 19, 2006
De Evangelina Carroso en Viena
Que la participación de Evangelina Carrozo en una protesta ambiental (Cumbre de jefes de Estado en Viena - 13/05/06) haya tenido tanta repercusión merece alguna reflexión, más allá de la noticia leída, vista y oída.
Los medios de comunicación, la publicidad, hacen uso y abuso de la belleza femenina. Abuso cuando la tiñen con mal gusto y procacidad. El uso está bien, son manifestaciones actuales de gustos y costumbres, pero que, en lo esencial, perduran como ideales de perfección buscados en los tiempos, desde los griegos. Bueno es que nos sensibilicemos con lo bello, que sepamos apreciarlo y disfrutarlo.
Está bien que la belleza resguarde a la sorpresa, porque la reacción del sistema de seguridad fue en consonancia con ella. Y no es poca cosa, en un mundo donde el terror suele irrumpir, implacable, en un instante.
En algo como tal protesta, está claro que participan muchas personas a condición de conservarlo en secreto para garantizar su concreción: alguien tiene la idea inicial; otros acompañan, financian, arman la estrategia, trasladan al lugar y están en el instante adecuado. Es el momento del protagonista, del actor que hace realidad el proyecto; unos segundos apenas, pero de ejecución precisa y suficiente. Fue el caso de Evangelina.
A partir de allí es ella quien corporiza el antes y el después del emprendimiento. Y es una suerte que así sea, como resumen y simbiosis de mensaje–persona para nuestra percepción.
Mensaje escueto, sin desperdicio: las banderas de dos naciones hermanas, a quienes no alcanza ni debe alcanzar el conflicto, y las palabras "basta de papeleras contaminantes – no pulpmill pollution". Portavoz legítima: no se trataba sólo de una chica bonita en bikini, era la reina de la fiesta popular de una ciudad, de un pueblo preocupado por su medio ambiente (el logo de Greenpeace estuvo demás, no fue el reclamo exclusivo de una institución).
Momento preciso, a la vista de todos los mandatarios reunidos, repercusión informativa internacional inmediata, resultado óptimo del aviso.
Pero cabe preguntarse sobre el "después" a cargo de esos responsables políticos, en particular de los directa e indirectamente involucrados en el problema. Porque no se enteraron en ese momento, ni siquiera hace meses; hace años que se viene gestando la instalación de estas plantas de celulosa y, por si fuera poco, no se trata sólo de ellas, dentro de las enormes realidades contaminantes nacionales e internacionales que crecen, precisamente, al amparo de la inoperancia o simple ausencia de las decisiones políticas pertinentes.
Problema, claro, no exento de grandes promesas proselitistas y de "gobierno", defraudaciones inclusive, mientras los peces se siguen muriendo en los ríos y se intoxica la gente, por agua, aire y tierra, o por alimentos que le llegan contaminados.
Está bien que los máximos responsables se hayan sorprendido y sonreído con Evangelina, pero mejor sería si se pusieran a trabajar en soluciones ciertas y de gran alcance; hace mucho que es evidente que la naturaleza no aguanta todo y aún ella pasa sus propios avisos, catastróficos, por si quedara alguna duda de urgencia.
Jorge B. Hoyos Ty. - Mayo de 2006
Los medios de comunicación, la publicidad, hacen uso y abuso de la belleza femenina. Abuso cuando la tiñen con mal gusto y procacidad. El uso está bien, son manifestaciones actuales de gustos y costumbres, pero que, en lo esencial, perduran como ideales de perfección buscados en los tiempos, desde los griegos. Bueno es que nos sensibilicemos con lo bello, que sepamos apreciarlo y disfrutarlo.
Está bien que la belleza resguarde a la sorpresa, porque la reacción del sistema de seguridad fue en consonancia con ella. Y no es poca cosa, en un mundo donde el terror suele irrumpir, implacable, en un instante.
En algo como tal protesta, está claro que participan muchas personas a condición de conservarlo en secreto para garantizar su concreción: alguien tiene la idea inicial; otros acompañan, financian, arman la estrategia, trasladan al lugar y están en el instante adecuado. Es el momento del protagonista, del actor que hace realidad el proyecto; unos segundos apenas, pero de ejecución precisa y suficiente. Fue el caso de Evangelina.
A partir de allí es ella quien corporiza el antes y el después del emprendimiento. Y es una suerte que así sea, como resumen y simbiosis de mensaje–persona para nuestra percepción.
Mensaje escueto, sin desperdicio: las banderas de dos naciones hermanas, a quienes no alcanza ni debe alcanzar el conflicto, y las palabras "basta de papeleras contaminantes – no pulpmill pollution". Portavoz legítima: no se trataba sólo de una chica bonita en bikini, era la reina de la fiesta popular de una ciudad, de un pueblo preocupado por su medio ambiente (el logo de Greenpeace estuvo demás, no fue el reclamo exclusivo de una institución).
Momento preciso, a la vista de todos los mandatarios reunidos, repercusión informativa internacional inmediata, resultado óptimo del aviso.
Pero cabe preguntarse sobre el "después" a cargo de esos responsables políticos, en particular de los directa e indirectamente involucrados en el problema. Porque no se enteraron en ese momento, ni siquiera hace meses; hace años que se viene gestando la instalación de estas plantas de celulosa y, por si fuera poco, no se trata sólo de ellas, dentro de las enormes realidades contaminantes nacionales e internacionales que crecen, precisamente, al amparo de la inoperancia o simple ausencia de las decisiones políticas pertinentes.
Problema, claro, no exento de grandes promesas proselitistas y de "gobierno", defraudaciones inclusive, mientras los peces se siguen muriendo en los ríos y se intoxica la gente, por agua, aire y tierra, o por alimentos que le llegan contaminados.
Está bien que los máximos responsables se hayan sorprendido y sonreído con Evangelina, pero mejor sería si se pusieran a trabajar en soluciones ciertas y de gran alcance; hace mucho que es evidente que la naturaleza no aguanta todo y aún ella pasa sus propios avisos, catastróficos, por si quedara alguna duda de urgencia.
Jorge B. Hoyos Ty. - Mayo de 2006
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